sábado 18 de julio de 2009

Caso de estudio


Al principio, Rochi no era una de mis personas favoritas. Sus constantes risotadas y cerebro unineuronal enervaban mi supuesta intelectualidad. No podía soportar más de cinco minutos con ella cerca, pero tenía que hacerlo: su novio Edu era amigo de Adam. Y la verdad, hacían buena pareja: huecos, pseudo-fashionistas, desubicados, inmaduros... eran una desafortunada antítesis de lo que Adam y yo aspirábamos a ser. Con Edu podía ser más tolerante, al menos era gracioso el tipo. Pero con Rochi no podía (no podíamos): cada vez que reía sin parar por cualquier tontería, cada vez que hablaba de como combinar lentes de sol con ropa de verano, cada vez que adoptaba una pose de niña pequeña para que Edu le compre algo, cada vez que relataba cómo se pasaba el día durmiendo, o viendo TV, o pintándose las uñas, quería arrancarme ojos y oídos para no tener que percibirla cerca (también habría tenido que arrancarme la nariz, para no oler su invasivo perfume).

Con el tiempo y gracias a tantas doble-citas forzadas, pude descubrir el lado bueno de Rochi. No era tan mala después de todo, se podía conversar largo y tendido con ella y no aburrirse (claro, una vez superadas las ansias de salir corriendo de ahí), podía guardar bien un secreto, fue mi gran cómplice más de una vez, brindaba ayuda a quien lo necesitara y tenía un buen corazón.

Sin embargo hubo un defecto que jamás pude perdonar en ella: era una mujer sin mundo. Rochi no trabajaba (el último trabajo que tuvo le pareció "demasiado exigente" así que renunció, pese a cuánto le había costado a Edu convencer a Adam de que la recomendara), no estudiaba (estaba matriculada en una universidad cuchifacienta en un programa a distancia al cual nunca asistía a pesar de que las clases eran solo los sábados y domingos), no tenía ningún pasatiempo digno (no le avergonzaba admitir que dormía todo el día o se la pasaba encerrada en su cuarto con el tele encendido depilándose, probando distintos estilos de maquillaje, hablando por teléfono, etc) y todo, absolutamente todo se lo pagaba Edu: el gimnasio, los gustitos, las salidas, las visitas al doctor, al dentista, la ropa... todo.

Me era imposible tenerle respeto a Rochi al 100%. En algún momento llegué a pensar que tal vez le tenía envidia, después de todo (y dejémonos de tetudeces) a qué mujer no le gustaría llevar una vida tan fácil y despreocupada. Pero luego, pensando más consecuentemente, pude predecir con certeza lo que a Rochi se le estaba por venir.

Rochi se quería casar y ya. Edu, no tanto. Trató de postergarlo lo más que pudo hasta que un día y gracias a un test de embarazo no pudo decir más "el próximo año, amorcito". A nadie le extrañó que esa fuera la forma en la que finalmente terminaran atando el nudo, y más de uno sospechó que quizás Rochi había puesto gracia en la jugada antes de que se le fuera el tren. No hubiera sido nada raro en ella, para ser sincera, pues sus ansias por casarse eran evidentes, hasta el punto de poner ultimátums frente a todos o pelearse en público con Edu por esa razón.

Así Rochi pasó, de manera forzada, a formar parte de una familia que no le tenía respeto por la misma razón que yo. Para ellos, esa rola de "no has perdido un hijo, sino has ganado una hija" no sonaba tanto como "no has perdido un hijo, aún lo tienes, y ahora viene con una sangrona de regalo". Rochi y Edu se mudaron al segundo piso de la casa de los papás de él, quienes aceptaron a la recién formalizada parejita con el gusto de quien se entera de ese cáncer inoperable que no te matará, pero te hará retorcer de dolor de vez en cuando.

La tensión se podía cortar con un cuchillo en el ambiente esas primeras semanas. Rochi, con su imaginaria superpanza de tres meses de embarazo, se negaba a mover un dedo en casa mientras Edu iba a trabajar, y las fricciones entre ella y su suegra no eran expresas, pero sí una bomba a punto de explotar. Rochi no se paraba ni para tender su cama. Y luego, cuando la panza realmente creció, sus imaginarios malestares eran innumerables, y llamaba cada cinco minutos al trabajo de Edu para quejarse, quien, ciego enamorado, se peleaba con su mamá por no brindar los cuidados que su frágil esposa requería. Era una situación para morirse. Luego nació el bebé. Y con él, las ganas de Rochi de volver a socializar. "Ahora ya puedo" decía sin reparo alguno, mientras entregaba el bebé a Edu con una carita de puchero para que bajara a pedirle a su mamá que lo cuidara mientras ella iba a tomar un café con sus amigas. La abuela chocha no podía decir que no, y de nada hubiera servido, pues Rochi era inmune a cualquier mirada recriminatoria. Las peleas entre Edu y Rochi empezaron a hacerse más frecuentes. Edu no estaba dispuesto a tolerar más, y Rochi no sentía estar haciendo nada malo. Edu puso las cartas sobre la mesa: o funciona o no funciona, y como soy yo quien paga por todo, funcionará a mi manera. Rochi aceptó.

Hace algunos días viajamos a visitar a Edu y Rochi después de casi un año sin verlos y de una mera comunicación por Internet. Lo que vi me impactó. De la chica fashion que conocía no quedaba nada: una mujer engordada, mal vestida, desaliñada, sucia, despeinada, ojerosa y con la cara grasienta salió a saludarme con la misma voz de niña hueca que recordaba. Pude verla en su papel de ama de casa, que más parecía sirvienta de Edu por como éste le hablaba. Recibía órdenes sin "por favor" incluído, corría de aquí para allá atendiendo al bebe, levantando platos, trayendo limonada a los invitados, buscando lo que fuera que Edu le pidiera, y en más de una ocasión, fue muda víctima de las bromas de Edu, quien se burlaba de su falta de instrucción y su poca esperanza de algún día obtenerla. Si se le hacía una pregunta, Edu la interrumpía o respondía por ella. Horrizados, no atinábamos a adaptarnos a esa nueva situación, ni a reaccionar de una y otra manera ante lo que veíamos: eran tan distintos, eran tan patéticos los dos.

Ese día fue mi epifanía. Ese día recibí mi vacuna. Tiempo al tiempo, es mejor hacer las cosas con calma para que salgan bien, sobre todo si van a durar tanto como una vida entera, o si las consecuencias de que salgan mal pueden ser tan catastróficas.

jueves 9 de julio de 2009

Sí, hoy tengo PMS

Recuerdo haber escrito sobre esto antes. Y lo recuerdo porque lo acabo de leer. Recuerdo cómo mi opinión era distinta, cómo yo pensaba en otras cosas hace no mucho tiempo. Recuerdo la ilusión, el miedo, la idealización de vivir ese momento, con una nota de desesperación porque no se veía venir. Lo que no recuerdo es cuándo todo es cambió.

Tengo dudas. Muchas. Estoy cansada de tenerlas pero las tengo. Mis dudas se han vuelto en mi escudo protector, aquel que impide que nada me lastime, que previene que alguna espada malévola pinche mi corazón tan reparado y reabra alguna vieja cicatriz o desenmiende alguna costura reciente.

Adam tiene tantas cosas que no me gustan, que en mi calidad de enamorada las puedo dejar pasar, pero que como esposa no podría. Y esa es mi gran preocupación. ¿Y si Adam y yo no somos el uno para el otro? ¿Y si lo único que nos une es el tiempo y energía invertidos en la relación? ¿Y si el amor no nos alcanza para sobrevivir los batallazos de un matrimonio? ¿Y si eventualmente nos llegamos a cansar el uno del otro, o despertamos un día para darnos cuenta de que casarnos fue un error? ¿Y si terminamos engendrando pobres víctimas de nuestra inconsistencia, testigos involuntarios de nuestras supernóvicas peleas?

En poco más de diez años he llegado a conocer a Adam en muchos aspectos, tanto buenos como malos. Pero últimamente solo puedo pensar en los malos. Sé que los buenos están ahí, los veo a veces, los siento a veces, me hacen sonreír a veces. Pero "a veces" ya no es suficiente. Yo quiero "siempre".

Adam es adicto al trabajo. Sale tarde de la oficina porque prefiere quedarse trabajando que hacer otra cosa. El dice que es porque tiene asuntos pendientes, yo digo que simplemente le gusta trabajar. Supongo que esto debería ser un punto a su favor... un chico trabajador, qué más querría una. Pero cuando estás sola en casa, esperando sentada junto a una cena fría a que llegue el que te prometió amarte hasta la vejez, el workaholismo ya no suena tan agradable. Mucho menos si eso es causa de su cansancio eterno. Adam siempre está cansado, siempre, y cuando no lo está, quiere "relajarse", entiéndase, tirarse frente a la TV sin hacer nada divertido más que zanganear. Y como buen zángano, espera que le traigan todo y no mueve un dedo para nada. Y (aquí viene la queja fuerte) como buen zángano, pareciera que pierde su aparato genital después de la cópula y muere, pues después de una ya no quiere nada más que dormir (¡cómo extraño nuestras épocas de siete veces al día!).

Adam no se divierte conmigo. Cuando sus amigos están cerca, conversa, toma, se relaja, ríe, hace bromas, baila... es Mr. Social Life en persona. Cuando sale conmigo (en el excelso caso de que haya querido salir) habla de su trabajo y de su trabajo, una y otra vez, de gente que ni conozco, de asuntos que ni entiendo, bla bla bla... No quiere bailar, prefiere no tomar, no bromea, no se relaja, terminamos peleando del aburrimiento y cada uno termina a un extremo del taxi mirando por la ventana cómo se divierte el resto y rumbo a casa. Digamos que estoy siendo injusta, digamos que debería agradecer porque le interesa compartir conmigo todos, toooooodos los aspectos referidos a su trabajo, pero si hablamos de justicia, lo justo también sería que él escuchara sobre el mío. Y la verdad hace tiempo dejé de contarle a Adam cosas referidas a ello. Me cansé de ver su mirada al vacío cuando le hablaba, de que esperara a que terminara de hablar para empezar con lo suyo, de que me preguntara una y otra vez quién es tal persona que le he mencionado miles de veces, que minimizara cualquier problema que hubiera tenido con alguno de sus consejitos prácticos. Ahora cuando me pregunta qué tal me ha ido, contesto "Bien" y eso le basta.

Adam pretende no controlarme, es más, casi logra que crea que no lo hace. Pero sí lo hace, aunque lo disimule muy bien. Siempre quiere saber en dónde y con quién estoy, pero lo averigua de manera tan sutil que hasta pareciera que no le importa. Y no, no es que él trate de respetar mi espacio... ¡no! lo que en realidad trata es que yo no invada el suyo. Adam se mueve por la ley del espejo; no le hagas al otro lo que no quieres que te hagan. Si no quieres que te controlen, no la controles. Su anhelo de independencia me tiene enferma. No sé cómo hacerle entender que no me importa si sale con sus amigos, no me importa si se va a jugar un partido, no me importa si salen por unas chelas, solo hay dos cosas que me importan: uno, que no me deje plantada por irse con ellos, y dos, que si hay algo que contar, que me lo cuente. No me gusta quedarme esperando en la noche a que él llegue para después recibir su llamada de último minuto avisándome que no va a venir, y no me gusta enterarme por otras personas que lo vieron en tal sitio haciendo tal cosa y con tal y tal personas.

Podría seguir y seguir, pero no quiero amargarme la noche pensando tanto. He descubierto que hacerlo sin supervisión me puede hacer mal. Hay muchas cosas que me disgustan aparte de las ya mencionadas: su familia, sus amigos idiotas, su falta de tiempo para mí, su indiferencia... no sé, mientras más me releo, empiezo a sonar más como la típica enamoradita idiota que quiere al chico solo para ella y para nada ni nadie más. ¡Pero no es eso!

¿Será que me quejo demasiado? ¿Será que me he vuelto pesimista y solo estoy viendo lo malo? ¿Será que todo lo que veo es una señal de algo? ¿De que Adam no me ama? ¿De que ya no lo amo yo? No, yo tengo amor, eso lo sé, es algo que se siente y se vive, pero ¿qué pasaría si algún día se me acaba? ¿o si se la acaba a él? ¿por quién temo realmente?

Podría discutir todo esto con Adam... ya puedo predecir los consejos: habla con él, convérsenlo, explícale tus dudas, él te va a escuchar. No lo va a hacer. Pretenderá que lo hace, o quizás ciertamente lo haga, pero el cambio le durará una semana y luego será todo lo mismo. Ya hemos hablado de esto antes, mil veces, y ya no tengo fuerzas para hacerlo de nuevo, y solo me queda mi blog, mi fiel blog donde puedo descargar mi frustración y temor con la confianza de quien baila desnudo en su propia casa. Adam y yo no sabemos pelear, no sabemos conversar, ni discutir, no sabemos entendernos, en diez años no hemos sabido y quién dice que algún día aprenderemos.

Y así uno no puede ni soñar con matrimonio. Tal vez el que Adam aún no me lo pida oficialmente no sea tan malo después de todo.

martes 30 de junio de 2009

El hijo que nunca tuve

No recuerdo quién lo dijo, pero escuché una vez, y luego de esa otras varias, que uno busca de pareja a alguien que se asemeje al progenitor del sexo opuesto. Entiéndase, las mujeres buscamos a alguien como papá, y los hombres a alguien como mamá. Por supuesto que esta afirmación genera varias cuestiones difíciles de resolver, por ejemplo, ¿si mi papá me pegaba, buscaré a alguien que me pegue? ¿y si murió y nunca llegué a conocerlo, a quién buscaré? ¿y si soy gay, buscaré a alguien como mi madre? En fin. A pesar de tantas interrogantes que nacen ante esa hipótesis, hoy logré comprobar que tan incierta no es.

Adam y yo nos dimos una escapada de la ciudad. Un fin de semana tranquilo, encerrados en un hotel con jacuzzi, champagne, velas, una amplia cama, servicio a la habitación... no necesitábamos más. Fue relajadísimo pasarla juntos, un alimento que nuestras almas ansiaban desde hace tiempo. En fin, dentro de todas las anécdotas que podré contar, hubieron algunas que llamaron mi atención:

- Adam solo come acompañado. Puedo haber terminado de comer antes que él, pero siempre insistirá en que lo acompañe hasta que sea él quien termine. Ustedes dirán "esto es normal", pero aquí viene la parte friky: si por alguna razón me levanto de la mesa, automáticamente se le irá el hambre. Y si me vuelvo a sentar, mirará el plato como pensando "bueno... aún tengo espacio para un poquito más", y seguirá comiendo. Es de locos.

- Adam no empaca ni desempaca. Su maleta permaneció empacada mientras estuvimos allá; iba sacando cosa por cosa de ella a medida que las iba necesitando (y cada cosa que sacaba se perdía en el limbo de la habitación). En un momento de compasión (y un poco de desesperación) me ofrecí a desempacar su maleta, pero se negó. "Así está bien, yo me las arreglo". Para cuando acabó el fin de semana, en su maleta ya no quedaba nada, todo estaba regado a su alrededor, así que Adam simplemente se limitó a embutirlo todo nuevamente en ella y declararse listo para partir.

- Algunas cosas para las que Adam está mentalmente incapacitado: planchar, colgar toallas, encontrar su propio zapato, recordar dónde dejó sus llaves, ver TV acompañado, colocar la ropa sucia separada de la limpia, recoger algo del piso, despertar sin ayuda.

- He aquí otro dato extraño sobre Adam: si se le pide que tienda la cama, le da sueño y se echa a dormir en ella. Y no, no pretende que le da sueño, pues se quedará dormido, literalmente.

Todos los hombres se comportan como niños, incluso cuando ya han tenido uno. Todos. Absolutamente todos tienen algo, un rasgo, un hábito, alguna característica que resaltará su lado infantil en ellos, y el maternal en nosotras. No me quejo, me parece esa mezcla de tierno y gracioso que los gringos llaman "cute", sobre todo esta: cuando estábamos de salida, Adam me llamó desde la puerta para que me apurara. ¿Saben lo que se le escapó decirme?

¡MAMÁ!

(¿Alguien me puede explicar cómo tendré sexo con él después de eso?)

sábado 27 de junio de 2009

¡Salud!

Por los hombres...

Por los que mal pagan (pero bien cobran)...

Por los que ya no están...

Por los que se fueron...

Por los que echamos...

Por los que nos echaron...

Por los que aún siguen aquí...

Por los que ya hasta estorban...

Por los que nunca llaman...

Por los que llaman todo el tiempo...

Por los que apagan el celular cuando salen con sus amigos...

Por los que se acuerdan de nosotras cuando están borrachos...

Por los que nos llaman cuando están calientes...

Por los que nos dieron un beso y luego se disculparon...

Por los que nunca nos dijeron ni un mísero "te quiero"...

Por los que nos presentaron ante su mamá como "una compañera de clase"...

Por los que se olvidaron de nuestro cumpleaños...

Por los que ven porno cuando estamos durmiendo...

Por los que siempre escogen qué película (de acción) ver en el cine...

Por los que comen de nuestro plato...

Por los que usan nuestro cepillo de dientes...

Por los que orinan en la tapa del toilet...

Por los que orinan en la ducha mientras se bañan...

Por los que dicen otro nombre durante el sexo...

Por los que son inmaduros a los 30...

Por los que se tiran pedos en la cocina...

Por los que se sacan mocos mientras almuerzan...

Por los que idolatran a su auto y hasta le ponen nombre...

Por los que prefieren jugar playstation un sábado por la noche...

Por los que siempre andan ocupados...

Por los que no son capaces de conseguir trabajo...

Por los que nos lastimaron pero "no quisieron hacerlo"...

Por los que nos fueron infieles...

Por los que la tienen chiquita...

Por los que dicen tenerla grande...

Por los que no se les para...

Por los que nos piden que hagamos dieta...

Por los que deberían hacer dieta...

Por los que necesitan levantar pesas...

Por los que dicen que van a llamar pero no llaman...

Por los que se van de viaje "a última hora"...

Por los que prefieren estar con sus amigos que contigo...

Por los que tiene a una mejor amiga mujer a la que le cuentan más cosas que a ti...

Por los que descubrieron ser gay gracias a nosotras...

Por los que te cuentan sus planes de vida con entusiasmo, sin mencionarte en ellos...

Por los que le tienen miedo al compromiso...

Por los que siempre llegan tarde...

Por los que nunca notan si te arreglaste...

Por los que se gastan su sueldo en ropa...

Por los que regalan peluches en cada cumpleaños...

Por los que se van solos de viaje...

Por los que detestan las peleas pero siempre las andan cagando...

Por los que no nos dicen dónde están...

Por los que siempre dicen "Te amo", pero no lo parece...

¡A por ellos!

domingo 21 de junio de 2009

La niña de papá

Esta es la primera foto que nos tomamos papá y yo. Hace más o menos 27 años. Según cuentan, sentadita en mi silla para comer me había echado a llorar de la nada. No tenía hambre. No tenía gases. Mi pañal no estaba sucio. No hacía calor ni frío. No era hora de la siesta. Papá vino al rescate y me cargó. Y dejé de llorar. Solo quería estar en sus brazos. Nada más.

Desde siempre, Adam ha pensado que esa foto significa el inicio de una era: la de mi engreimiento. Tu papá te arruinó para el resto de los hombres, dijo una vez entre broma y broma. ¿Será cierto? Y es que, a pesar de estar enamorada como lo estoy, no hay hombre que se compare a mi papi. Por mil y un razones: para él soy la chica más linda del planeta, siempre es tierno conmigo, me escucha cuando tengo algún problema, me ayuda cada vez que se lo pido, es gracioso, sabe cómo subirme los ánimos cuando andan algo caídos, no repara en gastos cuando ve que me hace falta algo, cada alegría mía la hace suya, lo mismo con las penas, nunca me miente, nunca me haría daño y siempre, siempre está ahí para mí. Sin que le haya importado el paso de los años, mi papá siempre ha sido mi papá, y yo siempre seré su "ñaña"... así es como siempre me ha llamado.

Contrario a lo que yo hubiera esperado (querido) nunca se ha puesto de mi lado cuando he tenido algún problema con Adam, cosa que sí hizo mi mamá, por ejemplo. Él siempre ha sido la voz de la razón. Con la típica política masculina de "analizar las cosas con la cabeza fría", muchas veces actuó de arbitro en nuestras peleas, y con eso, me salvó de cometer homicidio en más de una ocasión.

Miro a Adam y veo tanto de mi papá en él. ¿Será que busqué alguien igual? Ambos son carismáticos, amigables, trabajadores, amables, tercos, sosegados, pacifistas, pacientes, ambos me aman y se preocupan por mí. Tienen incluso costumbres tan parecidas: disfrutan de una tarde tranquila en casa, les gustan las mismas películas, hablan sobre los mismos temas, escuchan la misma música, visten sobriamente, me riñen de igual manera, se contentan con un buen almuerzo, se entretienen con un buen libro y juegan ajedrez. Tal vez Freud tenía razón después de todo.

Cuando papá conoció a Adam juro odiarlo eternamente. Pero son demasiado compatibles para llevarse mal. Ahora se resigna a pronto tener que dejarme en sus manos. Así es la vida, papá.

Jag älskar dig, pappa. Denna skrift ägnades åt dig. Du är den bästa pappa i världen. Grattis på Fars dag!